La primera parte no viene demasiado al caso. Habíamos estado hablando mucho con I*, del futuro y del pasado, por lo que terminé soñando en apenas unos minutos (a juzgar por última vez que vi la hora antes de quedarme dormido y la hora que era al despertarme del sueño) una ensalada de sucesos donde los protagonistas y locaciones -íconos del anarquismo, primer y segundo cordón del conurbano, gemelos y tristes clubes del ascenso (¿?)- se relacionaban con el entorno de dos ex novios de mi chica. Dado que, por lo que me contó de ellos, puede decirse que -sin conocerlos- ambos me caen bien, el sueño no fue ni molesto ni perturbador, sino solamente absurdo.
Simples caprichos de Narcos, y que al cadáver de Freud le den por culo.
La segunda parte del sueño es la que viene a motivar un relato. Caminando por la calle me detiene un púber de unos trece años y me pregunta dónde conseguir una tabla de skate. Le digo "ahí" y le señalo el edificio frente a nosotros, donde se leía "Tablas de Skate". Acto seguido le arrebato la tabla de skate que él mismo llevaba bajo el brazo y, luego de dar un fuerte golpe con la tabla en la fachada del edificio, escapo patinando. Doblo en la primer esquina y veo unas casas tipo duplex con la cochera descubierta en el frente, muy comunes en el barrio donde nací y donde parecía transcurrir el sueño. El tema es que en dicho garage se exhibían -provocadoramente producidas- dos chicas, mientras que una tercera, vestida de oficinista y con una carpeta en la mano, parecía esperar clientes junto a ellas. Me detengo a mirar y a intentar entender de qué la iba el lugar. Pese a la luz del día y el aspecto inofensivo de las tres chicas -las dos aparentes trabajadoras del sexo me sonreían con complicidad- la escena tenía algo de oscuro. Siguiendo con este plan, despliego una colchoneta a un lado (¿?) y prosigo con mi pasiva contemplación. En eso llega, caminando por la vereda, una típica vecina de zona norte de unos cuarenta y tantos años, teñida de rubio y pregunta si es ahí la dirección que busca. La recepcionista intenta explicarle que debe estar confundida, cuando la mujer termina de convencerse: "sí, sí, es acá... Nahuel, Lucas, Martín, vengan...". Y ante la atónita mirada de las tres chicas, empieza a entrar una interminable cantidad de niños de unos diez años. A pesar de los intentos de hacer entender que el lugar debía estar siendo, sin duda, equivocado, los niños seguían cayendo. Era inútil. Ya llegaba la segunda Combi llena, y seguían entrando. Ahí es cuando llega el padre -una especie de Tony Perkins pero más alto, feo y con cara de hincha de Ferro- y ante el encare desesperado de la mencionada encargada del lugar, empieza a alardear: "No, chiquita... quedate tranquila. Vengo del banco, me sobra. Ayer volví de Europa, soy periodista y fui a hacer una nota, me pagaron un millón de dólares. Ahora me voy al hipódromo a ganar otro millón." La recepcionista, notablemente más tranquila, pareció entonces olvidar que estaba accediendo a festejar un cumpleaños infantil en un prostíbulo encubierto y se dedicó a dejarse llevar por los patéticos encantos del nuevo rico.
Me levanto de la colchoneta y me subo a mi auto, que estaba estacionado enfrente.
Lo que sigue es puramente una secuencia digna de Lynch, el director cuyo talento para el cine es inversamente proporcional al buen gusto por las camisas que usa.
Cuando pongo en marcha el motor se acerca un tipo al auto. Con un semblante espantosamente lúgubre y una actitud más que sospechosa, cumpliría perfectamente el típico rol de "tipo misterioso" de las úiltimas películas de David. Antes de que alcance el auto arranco y acelero rápido, dejándolo atrás. Al llegar a la otra esquina me para un policía. O algo así... se notaba que no era policía, pero lo aparentaba. Otro personaje cien por cien Lyncheano. Sé que no va a terminar bien, pero igual me detengo y bajo la ventanilla. Me increpa. Sin dejar de insultarme, me inventa no sé qué infracciones y me dice "bajá del auto, Matías Vázquez". Le digo que está equivocado, que ese no es mi nombre y cuando estoy por alcanzarle mi documento atino a rescatarme y le pregunto si por favor puede identificarse. Se enfurece más y me dice que no quiere identificarse, que no me haga el vivo. Arranco violentamente -al menos todo lo que me permitía esa lentitud oníirca que hace que cuando en un sueño tenemos que apurar la marcha todo sea a velocidad babosa, y que en ese momento atribuí a que el auto era gasolero (¿?)- y me doy nuevamente a la fuga. En seguida me doy cuenta que me siguen. Un auto me empieza a sobrepasar, un Chevy negro. Cuando vuelvo a mirar al frente, unos treinta metros adelante, la calle estaba casi completamente bloqueada por otro Chevy negro, atravesado. Todo estaba perdido. O no. Junto coraje e intento una maniobra temeraria, piso a fondo y encaro a pasar por el minúsculo hueco libre.
En ese momento siento algo en el pie que pisaba el acelerador... algo peludo que se movía y subía por mi pierna.
Horror. Habían pensado en todo. Ahora sí estaba perdido.
Oportuno momento para que, durmiendo, I* se estire en la cama, por sobre mi pierna.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

2 comentarios:
Esta bueno como las noches en pareja a veces se vuelven noches en pjera...lo veo así al menos de esa forma me llegó...no siempre se tiene a alguien para acercarse a las piernas...por eso las noches se convierten...si queres pasá por acá traté de haccerlo con fotos...
http://www.flickr.com/photos/fedevalfre/
impresionante el sueño . llegue aca de casualidad , y lo pude visualizar como si fuera una pelicula. no ahi mas de estos==?
Publicar un comentario