miércoles, 23 de enero de 2008

Llorar por estupideces. (Estupideces. Sí, claro...)

"Y sobreviví sólo para contártelo" (Libro de Job)*



Lloré. Lloré como nunca. No como se lagrimea al sentir una expresión artística llegarnos a lo más profundo. Lloré a moco tendido. Lloré con ganas, con rabia y con fuerza.
El último poeta beat. El último erudito que sobrevivió a la calle, al alcohol y a la mierda del mundo. Y se quedó para contármelo. A mí. A pesar de mi apatía general y de mi desprecio a creer que las cosas llegan cuando tienen que llegar quizás llegó cuando más lo necesitaba.

Lloré como si revolvieran en lo más hondo de mí. Como si se cerrara un círculo.
Recuerdo que F*, amiga de esas que no lo son tanto ni desde hace tanto, pero que por esas casualidades -o no tanto, quizás entendió todo y quiso estar ahí- me acompaño en gran parte de la vigilia para estar ahí adelante conmigo, me dijo al otro día que no quiso "molestarme" en ningún momento de lo que duraron la entrevista y los dos temas.

Recuerdo viva -desde que entré y hasta bastante después de que empezara la entrevista- cada vez que me daba vuelta y veía el teatro cada vez más lleno. Veía a mis amigos por todos lados. Veía a los amigos que sentía que tenían que estar ahí y a las butacas vacías que esperaban a los que no iban a llegar. Recuerdo que, cuando lograba salir del embrujo, me daba vuelta y lo primero que veía, inevitablemente, era la sonrisa de D*. También fue su padre el que lo indujo en los amargos encantos del poeta bendito.

Mucho antes lloré cuando hablé con mi papá, Manolo, que estaba acompañando a mi mamá en un momento de mierda. Mi abuela estaba internada y yo estaba sentado en la fila 1, butaca 7, esperando por ver a Tom Waits. Y Manolo, con quien siempre fantaseamos cómo sería ese momento, no estaba al lado mío. Estaba en la sala de espera de un hospital. Me acuerdo que le dije "estoy a dos metros del piano". Y lloramos. Y, fanatismos melómanos de lado, en ese momento a los dos nos importó una puta mierda Tom Waits y el piano y la concha de Dios. Y lloramos, telefonía celular mediante, lloramos.




*No es que sea un asiduo lector de la Biblia, es que con esta cita comienza uno de los últimos capítulos de Moby Dick, de Herman Melville.

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