domingo, 16 de marzo de 2008

Una de cuando había un futuro.

Pravda llevaba la mirada fija.

Como perdida, pero fija. Encerrado en pensamientos ajenos a su actualidad, a su realidad. Pensamientos que lo llevaban por lugares y sensaciones placenteras, ideales. Como cuando, al observar una vista única o una obra de arte magistral, se viaja mentalmente por cada rincón del lienzo y del paisaje, saboreando cada gota de sus ríos y de su pintura.



Pensaba en la vida.

No en su vida. En vidas que no le había tocado vivir y en aquellas a las que alguna vez había aspirado cuando el Partido todavía tenía la base del aparato sindical, una importante masa obrera y una fuerte proyección nacional. No en su vida actual.



Pensaba en otras épocas.

Cuando convencía, extasiado, a los apáticos estudiantes a unirse a la causa. Cuando, verborrágico y febril, contrastaba la situación actual de los obreros con el poder que tendrían cuando el Partido llegase a ocupar el lugar que reclamaba. Nadie persuadía como él. Nadie creía tanto en la causa como él.



Veía aquel manantial de esplendor.

Miraba hacia abajo, delante suyo, y cada milímetro de formas retenía el enfoque de su mirada. Su cabeza se arremolinaba en inconexos pensamientos vespertinos, amodorrados luego de doce horas de trabajo y la resaca de la morfina, que ya pedía más.



Miraba fijamente. Y sabía que lo que miraba no le pertenecía.

Pero no pensaba en eso. No lo entendía de esa manera, sino como un salvavidas del momento. Una almohada en donde reposar la cabeza durante ese rato tedioso, odiosamente onírico, soñando esa sensación de hastío.







Y el sobresalto. La calle bacheada que denotaba la entrada a la zona portuaria y el tranvía que se sacudía más que de costumbre.



El regreso a la realidad.


***


Pravda se refregó los ojos y, antes de dirigirse hacia la puerta del fondo, miró por última vez hacia abajo, al hermoso escote que lo había acompañado en todo el trayecto desde la fábrica hasta la sede del comité.



Y se despidió con la mirada, como cuando, en un viaje, al contemplar una vista única o una obra de arte magistral, se sabe que será la última vez que se le aprecia, y se saborea cada gota de sus ríos y de su pintura.





Una vez abajo, observó como el tranvía se alejaba hasta dar vuelta la esquina, se acomodó la gorra y comenzó a caminar.

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