jueves, 17 de julio de 2008

Guau.

Hoy maté un perro.

No fue a propósito, pero lo hice y no sentí culpa ni pena ni lástima.
No comenzó a formarseme un nudo en el estómago cuando, a pesar del volantazo, sentí cómo la punta del auto le daba de lleno en la cabeza y sonaba el "TOC" seco.
"TOC".
No me invadió el horror cuando lo vi por el espejo retrovisor, suspendido en el aire, desarmandose en una contorsión poco común para un vertebrado.
No me produjo ni asco ni repulsión gastar media caja de pañuelos de papel en quitar la sangre del faro y del paragolpes cuando, más adelante, paré en una estación de servicio.
Tampoco me dio bronca -salvo, lo confieso, apenas lo vi- el bollo que le quedó al auto en la chapa.
Fue un hecho que no me va a cambiar la vida ni -excepto por haber escrito esto- me cambió el transcurso del día.

Maté un perro.

Pobre perro.

1 comentario:

cel. dijo...

capaz le hiciste un favor para que sea feliz; dicen que todos los perros van al cielo!
beso, nico querido