martes, 7 de febrero de 2012

Y, volví...

Al más fino galope partí del nido materno con la sangre hirviendo de orgullo y la
ansiedad de un Dios.
Encontré un carnaval de acidez que me sentó perfecto y escupiendo flores a cerdos
fui más feliz que nadie.
Compartí mi ansiedad por vivir y hasta mis miserias y entre besos y versos me
encontré vagando de bar en bar.
Tanta combineta, tanto mareo, tanta ansia de amar a terminar tirado en el fondo del
pozo sin nadie a quien moquear.

Caras de barro sonrientes y amantes del furcio; vueltas de tuerca gastadas de
tanto falsear.
Grandes clientes, de un burdel de fantasmas que cobra barato y te enseña que
el mundo es tu abrigo más que tu ansiedad.

Volví… con el caballo algo cansado de tanto yirar y me hice cargo de todo lo bueno y
lo malo de ser inmortal.
Y a pesar de que nunca simpaticé con esa gente que sale a comerse el mundo en pan
de salvado volví a salir para comprobar
Que el desfile de chantas seguía con su corso más vivo que nunca, y yo como un
soldado autárquico hacía la vista más gorda.
Pero la quinta vez que a doce del mes volví a sentir que la lluvia subía en vez de
caer… recé directo al infierno.

Caras de barro sonrientes y amantes del furcio; vueltas de tuerca gastadas de
tanto falsear.
Grandes clientes, de un burdel de fantasmas que cobra barato y te enseña que
el mundo es tu pena, tu gloria y tu única chance de ser...

Y volví a volver… con una valija llena de mortadela para repartir. Solo eso
quedó de mi rebeldía de antaño, de los sueños despiertos que jamás soñaron con ser vividos por nadie capaz de desentonar, de perseverar y de ver su propio nombre tallado en una hermosa piedra de mármol (*).

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